Cuando elegir también es un acto de conciencia y de amor

Hay momentos en la historia de una nación en los que no basta solamente con opinar, criticar o esperar las transformaciones que por años se han prometido, porque llega un instante en el que cada ciudadano debe elegir, y mirarse al corazón y preguntarse con sinceridad qué futuro desea para todos

FEIGLESIA

5/24/2026

A pocos días de los comicios presidenciales en Colombia, esta patria enfrenta uno de esos momentos decisivos que invitan no solamente a votar, sino a discernir con profundidad el futuro que desea construir y edificar. Más allá de idearios, emociones o intereses pasajeros, este es un llamado a elegir con conciencia, con responsabilidad y con principios, pensando en un país más unido, más tranquilo, más próspero y más humano, donde el amor de Cristo inspire nuevamente el respeto, los valores, la solidaridad y la esperanza entre hermanos.

Cuando elegir también es un acto de conciencia, fe y amor por la nación

Hay momentos en la historia de una nación en los que no basta solamente con opinar, criticar o esperar cambios que por años nos han prometido, porque llega un instante en el que cada ciudadano debe mirarse al corazón y preguntarse con sinceridad qué futuro desea dejarle a sus hijos, qué país sueña recorrer, qué sociedad anhela construir desde la justicia, la paz y la dignidad. Precisamente uno de esos momentos es el tiempo electoral, cuando el voto deja de ser simplemente una marca en un papel para convertirse en una decisión moral, espiritual y profundamente humana que puede transformar el rumbo de todo un pueblo. En momentos como este, hasta las prevenciones sobre "participación en política", o el "declararse abstencionista", o dejarse llevar por la pereza y desaliento, nada es válido y juega papel decisorio su voluntad para con toda una nación.

Discernir no es solamente escoger entre varios nombres o propuestas; discernir es aprender a mirar más allá de los discursos emocionales, de las campañas llenas de términos de odio y rechazo, de las promesas vacías de siempre y de las repetidas manipulaciones disfrazadas de esperanza, porque quien discierne entiende que el futuro de una nación no puede construirse desde el resentimiento, la corrupción, el clientelismo, la mentira ni la división, sino desde principios capaces de devolverle al país el valor de la familia, del respeto, de la convivencia y del amor auténtico por el prójimo.

Pensar como nación y no solamente como individuos

Uno de los mayores desafíos de nuestro tiempo es abandonar la mirada egoísta que solamente piensa en beneficios personales para comenzar a pensar en modo país, entendiendo que una nación no mejora únicamente cuando mejoran unos pocos. Un país mejora cuando existe una verdadera preocupación por el bienestar colectivo y comunitario, por el auténtico beneficio solidario, por las oportunidades para los jóvenes, por la tranquilidad de los adultos mayores, niños y mujeres, por el acceso digno a la salud para todos, por una educación de calidad y eficiente, y por una economía que permita a las familias vivir con esperanza y no sobreviviendo entre angustias.

Durante muchos años, millones de personas han votado desde el miedo, desde el cansancio o desde la desesperación, mientras otros han vendido su conciencia por favores momentáneos, dinero o presiones ideológicas y politiqueras que terminan hipotecando el futuro de todos. Aunque algunos crean que un voto individual no tiene importancia, la verdad es que las grandes transformaciones comienzan precisamente cuando una persona decide actuar correctamente aun cuando otros no lo hagan, porque una conciencia despierta, tiene más valor que una multitud manipulada, adoctrinada o inducida.

Como cristianos, pero también como ciudadanos responsables, debemos comprender que el voto no puede convertirse en un acto impulsivo ni en una herramienta de venganza social o histórica, porque elegir gobernantes también implica preguntarnos qué valores representan, qué clase de país desean construir y qué tan comprometidos están con la vida, la justicia, la transparencia y el respeto por la dignidad humana, ya que una nación sin principios termina perdiendo lentamente su alma.

El discernimiento cristiano frente a las urnas

El Evangelio nos enseña constantemente la importancia de la sabiduría, de la prudencia y de la capacidad de discernir entre aquello que parece bueno (disfrazado temporalmente de bueno), y aquello que verdaderamente conduce al bien común, y por eso el cristiano no está llamado a votar desde fanatismos políticos ni desde idolatrías humanas, sino desde una conciencia iluminada por la verdad, la honestidad y el amor al prójimo.

Discernir un voto, significa observar entre quién promueve la unidad y quién alimenta el odio; quien quiere ver tranquilos a todos o quien defiende solo minorias; quién busca reconciliar y quién profundiza las divisiones; quién defiende la dignidad del pueblo y quién utiliza las necesidades de la gente para manipular emocionalmente a las masas, porque no todo líder que promete cambios está preparado para servir verdaderamente a una nación, y no todo discurso apasionado nace de un corazón recto, sincero y transparente.

Jesús nunca enseñó el odio entre hermanos, nunca promovió la violencia verbal ni el desprecio hacia quienes pensaban distinto, y precisamente por eso un país inspirado en principios cristianos debe aspirar a construir puentes de esperanza y no trincheras de desolación, diálogos de prosperidad y no persecución al que produce, respeto al honrado y no defensa del que delinque, entendiendo que las diferencias políticas jamás pueden destruir el valor sagrado de la fraternidad humana.

No negociar su conciencia por necesidades temporales

En tiempos electorales aparecen múltiples formas de manipulación que intentan adquirir silenciosamente la dignidad de las personas mediante dinero, favores, recomendaciones, amenazias o presiones disfrazadas de ayuda social, y aunque las necesidades económicas son reales y dolorosas para millones de familias, nunca debemos olvidar que entregar la conciencia por beneficios pasajeros puede traer consecuencias profundas y drámticas para todo un país.

El llamado costreñimiento electoral destruye lentamente la libertad completa de una nación porque convierte al ciudadano en un instrumento y no en una persona libre capaz de decidir con responsabilidad. Esta acción deja de manifiesto que quien costriñe siempre querrá tener a la comunidad maniatada y en cadenas, mientras que quien promueve con ideas el voto consciente fortalece la democracia y devuelve dignidad al pueblo, permitiendo que las decisiones nazcan desde la reflexión y no desde el miedo o la necesidad inmediata.

Cada ciudadano debería preguntarse antes de votar si está pensando solamente en un beneficio del hoy, o si verdaderamente está considerando el mañana de todos y el de las próximas generaciones. Porque las decisiones políticas de hoy influirán en la seguridad, en la economía, en la educación, en la salud, y en la estabilidad social de los años venideros, y ningún país puede prosperar cuando las decisiones colectivas nacen únicamente de emociones pasajeras sin sentido o futuro.

Soñar nuevamente con un país unido

Muchos ciudadanos han comenzado a perder la esperanza de caminar con tranquilidad, de vivir sin miedo, de emprender sin obstáculos o de confiar en las instituciones, de ver agobiadas nuestras ciudades, y esa pérdida de esperanza es quizás una de las heridas más profundas que puede sufrir una nación, porque cuando el miedo reemplaza a la ilusión comunitaria, los pueblos comienzan lentamente a resignarse al deterioro social y moral.

Sin embargo, todavía es posible creer en un país más unido, donde las diferencias de pensamiento no destruyan amistades ni familias y promueva unirlas, donde la solidaridad vuelva a tener más fuerza que el egoísmo, donde los jóvenes puedan crecer con oportunidades reales y no en fanatismos, y donde las personas no tengan que abandonar sus regiones buscando sobrevivir lejos de sus raíces y de sus seres queridos.

Necesitamos líderes capaces de comprender el sufrimiento de la gente, gobernantes que no conviertan el poder en un escenario de soberbia personal, sino en una oportunidad de servicio, de reconciliación y de construcción colectiva, porque gobernar no debería significar dominar ideológicamente a un pueblo, sino cuidar responsablemente el presente y el futuro de millones de vidas humanas.

Prosperidad con grandeza y esperanza

Toda nación necesita avanzar y prosperar, fortalecer el empleo, hacer renacer sus industrias, mejorar la salud y garantizar una educación de calidad en formación, pero el verdadero desarrollo jamás puede separarse de los valores humanos y espirituales que sostienen a una sociedad, porque no basta con crecer si al mismo tiempo aumentan el odio, la corrupción, la deshonestidad, la ignorancia, la violencia y la indiferencia frente al sufrimiento ajeno.

La prosperidad auténtica nace cuando las personas sienten que pueden trabajar, estudiar, emprender y vivir con tranquilidad, cuando existe confianza en el futuro y cuando las familias pueden construir proyectos de vida sin sentir permanentemente que todo se derrumba a su alrededor o que cada vez es más complejo llevar el pan a la mesa, y para alcanzar ese tipo de país se necesitan líderes con principios, con sensibilidad humana y con verdadero compromiso ético.

No se trata únicamente de elegir a alguien que administre recursos públicos, sino de elegir el tipo de nación que queremos ser como sociedad, entendiendo que cada voto puede acercarnos a un país más justo, más seguro y más unido, o puede profundizar aún más las heridas y la desesperanza de siempre.

Un voto iluminado por el amor de Cristo

Quizás hoy más que nunca necesitamos volver al amor de Cristo como fundamento de nuestra convivencia social, porque solamente desde el amor pueden sanar las heridas de una nación cansada de la confrontación permanente, del resentimiento político y de la desconfianza entre hermanos.

Vivir el Evangelio también implica comprometernos con el bienestar colectivo, preocuparnos por quienes sufren, defender la verdad, rechazar la corrupción y promover decisiones que ayuden verdaderamente a construir paz, justicia y dignidad para todos, creyentes y no creyentes, ricos y pobres, jóvenes y ancianos, porque un país sano no se construye excluyendo a unos para beneficiar a otros, sino aprendiendo a reconocernos como parte de una misma familia humana.

En estos días de decisiones importantes para la nación, que cada ciudadano pueda tomarse un momento de silencio interior para discernir con serenidad, para pedir sabiduría, para mirar más allá de las emociones momentáneas y para recordar que el futuro de un país también depende de la honestidad de las pequeñas decisiones individuales. Porque votar no debería ser solamente un derecho constitucional, sino también un acto profundo de conciencia, responsabilidad y amor por la patria.

Y quizá entonces, cuando aprendamos nuevamente a elegir desde la verdad, desde la fe y desde el bien común, podremos comenzar a construir ese país donde todos quepamos, donde podamos caminar tranquilos, donde la prosperidad llegue con dignidad y donde el amor de Cristo vuelva a inspirar el corazón de una nación entera.

Elecciones presidenciales Colombia 2026 mayo 31
Elecciones presidenciales Colombia 2026 mayo 31

Imagen de la bandera de Colombia y al frente una urna de votación