Cuaresma: El regreso del corazón grande

La Cuaresma también nos invita a mirar a los demás. No se trata solo de un camino personal, sino de un camino de misericordia. Compartir, ayudar, escuchar, tender la mano… son gestos que transforman el mundo. Cada acto de bondad se convierte en una pequeña luz. Y muchas pequeñas luces pueden cambiar la oscuridad de una vida.

FEIGLESIA

2/21/2026

Hay momentos en la vida en que el alma necesita detenerse. El ruido del mundo, las preocupaciones diarias y las carreras interminables nos van alejando, poco a poco, de lo esencial. La Cuaresma llega precisamente como una invitación amorosa de Dios: una pausa sagrada para volver a mirar el corazón.

No es simplemente un tiempo del calendario cristiano. Es un camino interior. Durante cuarenta días, cada creyente tiene la oportunidad de reencontrarse con Dios, de revisar su vida, de sanar heridas, de soltar aquello que pesa en el alma y de abrir espacio para una vida nueva.

La Cuaresma nos recuerda que nadie está terminado, que siempre podemos empezar otra vez.

Un tiempo para volver

Muchas personas piensan que la Cuaresma se trata solo de sacrificios o de dejar algunas cosas. Pero en realidad se trata de algo mucho más profundo: regresar. Regresar a Dios, regresar a lo que somos, regresar al amor. Cuando alguien se toma un momento para orar más, para escuchar más a Dios, algo comienza a cambiar dentro. El corazón se vuelve más sensible, más humilde, más consciente de lo verdaderamente importante.

La oración en este tiempo no es una obligación. Es una conversación. Es ese instante en que el alma se sienta frente a Dios y le dice: “Aquí estoy”.

Vaciar para volver a llenar

El ayuno que propone la Cuaresma no es simplemente dejar comida o ciertos gustos. Es aprender a liberar espacio en la vida. Ayunamos de aquello que nos distrae, de lo que endurece el corazón, de lo que nos aleja del amor. A veces el verdadero ayuno es dejar el orgullo.O la indiferencia.O el rencor.

Cuando el corazón se vacía de esas cargas, Dios puede llenarlo nuevamente de paz.

El amor que se comparte

La Cuaresma también nos invita a mirar a los demás. No se trata solo de un camino personal, sino de un camino de misericordia. Compartir, ayudar, escuchar, tender la mano… son gestos que transforman el mundo. Cada acto de bondad se convierte en una pequeña luz. Y muchas pequeñas luces pueden cambiar la oscuridad de una vida.

Porque la fe, cuando es verdadera, siempre termina convirtiéndose en amor.

El silencio que transforma

En medio de tantas voces, mensajes y preocupaciones, la Cuaresma también nos invita a redescubrir el valor del silencio. Es en el silencio donde el alma escucha mejor a Dios. Allí se revelan las verdades que a veces evitamos y nacen las decisiones que cambian la vida. Cuando una persona guarda silencio ante Dios, no está perdiendo el tiempo: está permitiendo que su corazón sea moldeado con paciencia, con amor y con misericordia. Porque muchas veces Dios no habla en el ruido, sino en la profundidad serena de un corazón que se detiene para escucharlo.

Caminar hacia la esperanza

La Cuaresma no es un tiempo triste. Es un tiempo de esperanza. Es el camino que prepara el corazón para la vida nueva, para la luz que llega después de la cruz, para la alegría que nace cuando Dios renueva el alma. Cada día de este tiempo es una oportunidad.

Una oportunidad para perdonar. Para comenzar de nuevo. Para volver a creer. Y quizás ese sea el verdadero sentido de la Cuaresma: descubrir que Dios nunca se cansa de esperar nuestro regreso.

La Cuaresma es un momento de reflexión que llama a convertirnos y volver a Dios
La Cuaresma es un momento de reflexión que llama a convertirnos y volver a Dios

Imagen de una cruz una corona y unos clavos sobre una mesa de madera