El silencio que olvida a Dios : un mundo sin Jesús
Hubo un tiempo en que el nombre de Jesús ardía en los labios. Era consuelo en la angustia. Era esperanza en la pobreza. Era refugio en la enfermedad. Era fuerza en la persecución. Hoy… su nombre aún se pronuncia, pero ya no siempre se busca. ¿Por qué hemos dejado de buscar a Jesucristo?
FEIGLESIA
Hubo un tiempo en que el nombre de Jesucristo ardía en los labios.
Era consuelo en la angustia. Era esperanza en la pobreza. Era refugio en la enfermedad. Era fuerza en la persecución.
Hoy… su nombre aún se pronuncia, pero ya no siempre se busca.
¿Por qué hemos dejado de buscar a Jesucristo?
No porque Él haya desaparecido. No porque haya perdido poder. No porque su mensaje haya caducado. Lo hemos dejado de buscar porque el ruido del mundo se volvió más fuerte que la voz del alma.
Jesús: más que una figura histórica
Jesús no fue simplemente un personaje admirable. No fue solo un maestro de moral ni un reformador religioso. Fue y es, el rostro visible del amor de Dios. La encarnación de la misericordia. La mirada que no condena pero transforma. La voz que no humilla pero corrige.
En Él encontramos el sentido de nuestra existencia. Nos revela quién es Dios… y también quiénes somos nosotros. Cuando miramos a Jesucristo, entendemos que fuimos creados para amar, no para competir; para servir, no para dominar; para perdonar, no para destruir. Pero mirarlo implica cambiar. Y transformarnos duele.
El mundo que seduce
El mundo moderno ofrece resultados rápidos, placer inmediato, reconocimiento instantáneo. Jesús ofrece cruz antes que gloria.
Perdón antes que venganza. Humildad antes que aplausos. Y esa diferencia incomoda.
Muchos han dejado de buscarlo porque seguirlo exige renunciar al ego.
Exige controlar los impulsos. Exige decir no cuando el entorno aplaude el mal. Mientras Cristo llama al silencio interior, el mundo grita distracción.
Mientras Cristo invita al perdón, el mundo promueve el odio. Mientras Cristo enseña fidelidad, el mundo celebra el adulterio. Mientras Cristo proclama justicia, el mundo practica corrupción.
No es que las personas sean inherentemente malas. Es que cuando el corazón se desconecta de la fuente del amor, se enfría.Y un corazón frío puede robar, mentir, herir, traicionar.
¿Por qué tanta maldad?
Porque donde no habita la luz, avanza la sombra. Cuando dejamos de buscar a Jesucristo, dejamos de examinarnos. Dejamos de confrontar nuestras intenciones. Dejamos de arrepentirnos.
La violencia crece cuando la misericordia desaparece. La corrupción florece cuando se pierde el temor de Dios. El adulterio se normaliza cuando el compromiso ya no tiene valor eterno.
Jesús no vino solo a fundar una religión. Vino a sanar el corazón humano.
Pero la sanación requiere reconocer que estamos heridos. Y muchos prefieren negar la herida antes que permitir que Él la toque.
El olvido no es indiferencia… es vacío
Muchos no rechazan a Cristo de frente. Simplemente lo dejan a un lado.
Lo reemplazan por trabajo excesivo. Por éxito. Por ideologías. Por placeres. Por ambiciones. Y poco a poco, sin darse cuenta, el alma se vacía.
Porque nada creado puede llenar el espacio que fue diseñado para el Creador.
Volver a buscarlo?
Jesucristo no se ha ido, ni ha cambiado, ni ha perdido la paciencia; por el contrario, permanece firme, constante, eternamente fiel, esperando con una ternura que no se agota. Él sigue llamando en el silencio de la conciencia, sigue tocando el corazón incluso de quien aparenta ignorarlo, y continúa susurrando esperanza en medio del ruido que distrae al mundo.
Buscarlo no significa retroceder al pasado ni encerrarse en una tradición antigua, sino reencontrar el verdadero propósito de nuestra existencia, recuperar la paz que no depende de las circunstancias y restaurar esa conciencia que nos recuerda quiénes somos delante de Dios. Volver a Cristo es volver a casa, es permitir que la luz entre donde antes había confusión, es dejar que el amor sane lo que el orgullo endureció.
Hoy el mundo necesita menos odio y más Cristo; menos ego que compite y más servicio que se entrega; menos violencia que destruye y más cruz abrazada con amor, porque solo el amor sacrificado transforma de verdad. Necesitamos corazones que recuerden que la grandeza no está en dominar sino en servir, que la fuerza no está en imponer sino en perdonar, y que la verdadera libertad nace cuando dejamos que Dios ordene nuestros pasos.
Quizá no hemos dejado de buscar a Jesús porque haya perdido relevancia, sino porque intuimos que, si lo encontramos de verdad, ya no podremos seguir viviendo igual. Encontrarlo implica revisar nuestras prioridades, sanar nuestras heridas, corregir nuestros errores y renunciar a aquello que nos aparta de la verdad. Y ese cambio, aunque es liberador, también exige humildad, decisión y valentía para caminar contra la corriente.
Sin embargo, en ese acto valiente de volver a Él, descubrimos que no perdemos nada esencial, sino que lo ganamos todo: sentido, esperanza, dirección y una paz que el mundo no puede ofrecer ni quitar.



