El "Urbi et Orbi" que abrió el corazón del mundo
El Papa León XIV, en el día de navidad, se asomó al balcón central de la Basílica Vaticana para anunciar al mundo en su mensaje "Urbi et orbi" lo que Belén proclamó en la noche santa: la paz ha nacido.
IGLESIA
"Ha nacido para nosotros el Salvador, y con Él, la paz"
La Plaza de San Pedro amaneció vestida de silencio, lluvia y esperanza. Bajo un cielo gris, miles de paraguas formaban un arcoíris humano que no ocultaba la emoción de un momento histórico: por primera vez en años, un pontífice celebraba la Navidad desde una etapa inédita de la Iglesia. El Papa León XIV, en sus primeros meses de pontificado, se asomó al balcón central de la Basílica Vaticana para anunciar al mundo lo que Belén proclamó en la noche santa: la paz ha nacido.
No fue una Navidad de triunfos ni de poder, sino de fragilidad y cercanía. El Santo Padre recordó que Jesús nació sin ser acogido, envuelto en pañales y acostado en un pesebre, signo eterno de un Dios que elige la pobreza para abrazar a los últimos. Desde esa imagen sencilla y poderosa, León XIV reafirmó el corazón de su magisterio: “La Navidad del Señor es la Navidad de la paz”, retomando las palabras de San León Magno. Una paz distinta a la del mundo, no impuesta ni armada, sino desarmada y desarmante, nacida del amor, la misericordia y la responsabilidad personal.
El mensaje fue profundo y exigente. El Papa recordó que Dios no nos salva sin nosotros, que la paz no es posible sin conversión del corazón. Invitó a dejar la acusación y asumir la responsabilidad, a pedir perdón, a ponernos en el lugar del que sufre. Porque —dijo— quien no ama, se pierde; y quien no ama a su hermano visible, no puede amar a Dios invisible. En esta Navidad, el Niño de Belén nos muestra el camino: cargar con el pecado del mundo para liberarnos de él y enseñarnos a ser constructores de reconciliación.
Con voz pastoral y mirada universal, León XIV elevó su súplica por los pueblos heridos. Oriente Medio, Ucrania, África, Haití, América Latina, Asia y Oceanía estuvieron presentes en su oración. Nombró a los olvidados, a los migrantes, a los pobres, a los prisioneros, a los jóvenes sin empleo, a quienes han perdido todo. Recordó que Dios no es indiferente al dolor humano y que, al hacerse hombre, asumió nuestra fragilidad. La verdadera paz —afirmó— nace cuando el corazón cansado encuentra descanso y cuando la indiferencia es vencida por la compasión.
En el umbral del cierre del Año Jubilar, el Papa dejó una certeza luminosa: aunque las Puertas Santas se cierren, Cristo permanece abierto para siempre. Él es la puerta que conduce a la vida, la esperanza que no defrauda, el Dios que no viene a condenar sino a salvar. La Navidad no es un recuerdo pasajero, sino una presencia viva que sana heridas y devuelve la paz al corazón humano.
Al final, en múltiples idiomas, el saludo se hizo universal: Feliz Navidad. Que la paz de Cristo reine en sus corazones y en sus familias. Y con la indulgencia plenaria, la Iglesia abrazó al mundo entero, incluso a quienes seguían la bendición por la radio, la televisión y las nuevas tecnologías. Bajo la lluvia, entre himnos y lágrimas, la Plaza de San Pedro volvió a escuchar el anuncio eterno: hoy ha nacido para nosotros el Salvador, y con Él, la paz.

