Evangelio de hoy Jueves 5 de marzo de 2026
Con el evangelio de hoy, no condena la riqueza, sino el corazón cerrado. El rico veía a Lázaro cada día en su portal, pero nunca lo miró de verdad. El dolor del otro estaba tan cerca… y al mismo tiempo tan lejos.


Imagen del mensaje de reflexión del evangelio
En aquel tiempo, dijo Jesús a los fariseos: «Había un hombre rico que se vestía de púrpura y de lino y banqueteaba cada día. Y un mendigo llamado Lázaro estaba echado en su portal, cubierto de llagas, y con ganas de saciarse de lo que caía de la mesa del rico. Y hasta los perros venían y le lamían las llagas. Sucedió que murió el mendigo, y fue llevado por los ángeles al seno de Abrahán. Murió también el rico y fue enterrado. Y, estando en el infierno, en medio de los tormentos, levantó los ojos y vio de lejos a Abrahán, y a Lázaro en su seno, y gritando, dijo: “Padre Abrahán, ten piedad de mí y manda a Lázaro que moje en agua la punta del dedo y me refresque la lengua, porque me torturan estas llamas”. Pero Abrahán le dijo: “Hijo, recuerda que recibiste tus bienes en tu vida, y Lázaro, a su vez, males: por eso ahora él es aquí consolado, mientras que tú eres atormentado. Y, además, entre nosotros y vosotros se abre un abismo inmenso, para que los que quieran cruzar desde aquí hacia vosotros no puedan hacerlo, ni tampoco pasar de ahí hasta nosotros”.
Él dijo: “Te ruego, entonces, padre, que le mandes a casa de mi padre, pues tengo cinco hermanos: que les dé testimonio de estas cosas, no sea que también ellos vengan a este lugar de tormento”. Abrahán le dice: “Tienen a Moisés y a los profetas: que los escuchen”. Pero él le dijo: “No, padre Abrahán. Pero si un muerto va a ellos, se arrepentirán”. Abrahán le dijo: “Si no escuchan a Moisés y a los profetas, no se convencerán ni aunque resucite un muerto”».
Palabra del Señor
Del santo evangelio según san Lucas 16, 19-31
Es un abismo invisible
Dos hombres, dos realidades, un mismo destino final que lo cambia todo. El rico vive rodeado de banquetes y lujo; Lázaro, cubierto de llagas, espera migajas en silencio. No se nos dice que el rico haya sido cruel, solo indiferente. Y esa indiferencia construyó un abismo que no se veía en vida, pero que se hizo eterno después.
El Evangelio no condena la riqueza, sino el corazón cerrado. El rico veía a Lázaro cada día en su portal, pero nunca lo miró de verdad. El dolor del otro estaba tan cerca… y al mismo tiempo tan lejos. Cuando el sufrimiento ajeno deja de conmovernos, empezamos a levantar muros invisibles que, con el tiempo, se vuelven imposibles de cruzar.
Hoy abre los ojos ante el Lázaro que Dios pone en tu camino, rompe la indiferencia con gestos concretos de amor y escucha la voz que te llama a la compasión, porque el abismo más peligroso no es el del más allá, sino el que se forma cuando el corazón se acostumbra a no sentir

