Evangelio de hoy Martes 3 de febrero de 2026
Con el evangelio de hoy, Jesús se detiene ante la fe sincera y no se deja apresurar por el ruido ni por la desesperanza. A la mujer la llama “hija” y le devuelve la paz; a Jairo le pide confianza cuando todo parece perdido. Para Dios, la muerte no es el final y el sufrimiento no tiene la última palabra.


Imagen del mensaje de reflexión del evangelio
En aquel tiempo, Jesús atravesó de nuevo en barca a la otra orilla, se le reunió mucha gente a su alrededor y se quedó junto al mar.
Se acercó un jefe de la sinagoga, que se llamaba Jairo, y, al verlo, se echó a sus pies, rogándole con insistencia:
«Mi niña está en las últimas; ven, impón las manos sobre ella, para que se cure y viva».
Se fue con él y lo seguía mucha gente que lo apretujaba.
Había una mujer que padecía flujos de sangre desde hacía doce años. Había sufrido mucho a manos de médicos y se había gastado en eso toda su fortuna; pero, en vez de mejorar, se había puesto peor. Oyó hablar de Jesús y, acercándose por detrás, entre la gente, le tocó el manto, pensando: «Con solo tocarle el manto curaré».
Inmediatamente se secó la fuente de sus hemorragias, y notó que su cuerpo estaba curado. Jesús, notando que había salido fuerza de él, se volvió en seguida, en medio de la gente y preguntaba:
«¿Quién me ha tocado el manto?»
Los discípulos le contestaban:
«Ves cómo te apretuja la gente y preguntas: "¿Quién me ha tocado?"»
Él seguía mirando alrededor, para ver a la que había hecho esto. La mujer se acercó asustada y temblorosa, al comprender lo que había ocurrido, se le echó a los pies y le confesó toda la verdad.
Él le dice:
«Hija, tu fe te ha salvado. Vete en paz y queda curada de tu enfermedad».
Todavía estaba hablando, cuando llegaron de casa del jefe de la sinagoga para decirle:
«Tu hija se ha muerto. ¿Para qué molestar más al maestro?»
Jesús alcanzó a oír lo que hablaban y le dijo al jefe de la sinagoga:
«No temas; basta que tengas fe».
No permitió que lo acompañara nadie, más que Pedro, Santiago y Juan, el hermano de Santiago. Llegan a casa del jefe de la sinagoga y encuentran el alboroto de los que lloraban y se lamentaban a gritos. y después de entrar les dijo:
«¿Qué estrépito y qué lloros son estos? La niña no está muerta; está dormida».
Se reían de él. Pero él los echó fuera a todos y, con el padre y la madre de la niña y sus acompañantes, entró donde estaba la niña, la cogió de la mano y le dijo:
«Talitha qumi» (que significa: «Contigo hablo, niña, levántate»).
La niña se levantó inmediatamente y echó a andar; tenía doce años. Y quedaron fuera de sí llenos de estupor.
Les insistió en que nadie se enterase; y les dijo que dieran de comer a la niña.
Palabra del Señor
Del santo evangelio según san Marcos 5, 21-43
Es fe valiente
En medio de la multitud, dos dolores se cruzan con Jesús: el de un padre que suplica por su hija y el de una mujer que sufre en silencio desde hace años. Uno se postra públicamente, la otra se acerca temblando, casi escondida. Ambos creen que Jesús puede cambiar su historia, y esa fe, aun frágil, abre paso al milagro.
Jesús se detiene ante la fe sincera y no se deja apresurar por el ruido ni por la desesperanza. A la mujer la llama “hija” y le devuelve la paz; a Jairo le pide confianza cuando todo parece perdido. Para Dios, la muerte no es el final y el sufrimiento no tiene la última palabra.
Hoy el Señor nos invita a no rendirnos, a tocarlo con fe aun en medio del cansancio y a creer que, incluso cuando todo parece terminado, su voz sigue diciendo: levántate, vive y camina de nuevo
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