Los agueros que no atraen a Dios
Cada final de año trae consigo una mezcla de esperanza y miedo. Esperanza por lo que vendrá; miedo por lo que no controlamos. En ese terreno fértil del corazón humano florecen los agüeros (agueros), las supersticiones y los llamados “rituales” que prometen dinero, amor, salud o éxito casi mágico.
FEIGLESIA
Ropa interior de colores, baños “energéticos”, frutas, lentejas, velas, carrera con maletas, palabras repetidas como conjuros… prácticas que se viralizan y se normalizan, incluso entre personas creyentes. Y allí surge una herida profunda: cuando la fe se diluye y se reemplaza, o mucho peor se mezcla, con superstición, dejamos de confiar en Dios para poner nuestra esperanza en cosas sin alma, sin verdad y sin poder real. Incluso hasta podemos caer en pecado.
La superstición no es una simple costumbre inofensiva. Es, como enseña la Iglesia, una deformación del acto de fe. No se trata solo de “creer en algo raro”, sino de trasladar la confianza que solo le pertenece a Dios hacia objetos, gestos o rituales que prometen controlar el futuro. Es un adulterio espiritual: se invoca a Dios con los labios, pero el corazón confía en otra cosa. Por eso duele tanto ver cruces, santos, imágenes cristianas o incluso oraciones usadas como accesorios de rituales paganos. No es fe: es confusión. Y la confusión espiritual siempre termina debilitando el alma. Y confusión que muchos hoy en día, utilizan y aprovechan para su propio beneficio.
Detrás de estas prácticas hay dos realidades profundas del ser humano. La primera es buena y bella: el deseo de trascendencia. Sabemos, en lo más íntimo, que la vida no se reduce a lo material. Buscamos ayuda, protección, sentido. La segunda es peligrosa: el afán desordenado de tener, de asegurar el dinero, el placer o el poder “como sea”. Cuando estas dos realidades no son iluminadas por la verdad de Dios, el corazón se extravía y cae en atajos espirituales que prometen mucho y no dan nada.
La fe cristiana, en cambio, no es magia ni superstición. No funciona por fórmulas secretas ni por gestos automáticos. La fe es una relación viva con un Dios personal, coherente, fiel, que se ha revelado plenamente en Jesucristo. Es una fe que tiene razones, historia, lógica y verdad; una fe que no anula la inteligencia, sino que la eleva. Dios no se manipula, no se invoca como una fuerza impersonal ni se “activa” con rituales. Dios se ama, se escucha, se obedece y se confía.
Por eso, ningún baño “especial” de 7 hierbas o Sal marina, ni comer las uvas a medianoche, traerá la paz que da la reconciliación con Dios. Ningún objeto, dinero guardado en los zapatos o granos en los bolsillos, atraerán la abundancia que brota de una vida honesta, trabajada y bendecida. Ninguna prenda amarilla o roja, garantizará el amor que solo nace del respeto, la entrega y la gracia. Ningúna quema de papel o de pólvora, o de muñecos años viejos, purifica o aleja energías, o atrae proyectos o trabajos. Lo que sí transforma la vida es la oración sincera, la participación en los sacramentos, la confesión que libera, la Eucaristía que fortalece, la Palabra que orienta y la confianza humilde que dice: “Señor, en ti confío, en tus manos me encomiendo”.
Creer en Dios no significa que todo será fácil, inmediato o perfecto. Significa que nunca estaremos solos. Que incluso en la escasez hay sentido, en la espera hay crecimiento y en la prueba hay una presencia fiel que no abandona. Dios no promete suerte; promete compañía. No promete riqueza inmediata; promete vida plena. No promete ausencia de dolor; promete salvación.
Este nuevo calendario puede ser mucho más que un ritual vacío. Puede ser una decisión profunda del corazón: renunciar a toda superstición, a todo agüero, a toda práctica que no viene de Dios, y volver a una fe limpia, adulta y confiada. Una fe que no depende de colores, objetos o fórmulas, sino de una relación viva con el Padre.
El verdadero “ritual” cristiano (si se puede llamar así) para comenzar un nuevo año es sencillo y poderoso: ponerse en manos de Dios, arrepentirse con humildad, confiar sin reservas y caminar con esperanza. Todo lo demás sobra. Porque cuando Dios ocupa el centro, ya no necesitamos trucos para el futuro: el futuro está en Sus manos.
Finalmente, y reiterando nuestra invitación a vivir la verdadera Fe y amor en Cristo, si estás de acuerdo y como Cristiano que crees en Dios, solamente comparte y viralicemos este contenido.
Fuente de la información para el artículo un padrecito.com



