Mi fe es mi identidad
Lo que antes parecía impensable, ataques a templos, profanaciones de imágenes religiosas, burlas públicas a la fe, hoy aparece con una frecuencia alarmante atacando la identidad cultural. ¿Seguirá el cristiano auténtico apoyando proyectos políticos, sociales, culturales y educativos que consideran la religión como algo que debe desaparecer?
FEIGLESIA
Durante siglos, la fe ha sido una de las fuerzas más profundas que han moldeado la identidad de los pueblos. No solo ha dado sentido a la vida espiritual de millones de personas, sino que también ha influido en la cultura, el arte, la educación y la manera en que las sociedades entienden la dignidad humana. Sin embargo, en los últimos años hemos sido testigos de un fenómeno inquietante: la creciente hostilidad contra los símbolos religiosos, particularmente contra el cristianismo y la Iglesia.
Lo que antes parecía impensable, ataques a templos, profanaciones de imágenes religiosas, burlas públicas a la fe, hoy aparece con una frecuencia alarmante en muchas partes del mundo. Y lo más preocupante es que muchas veces estos actos se justifican en nombre de causas sociales y políticas.
Cuando la protesta se convierte en agresión
En varias manifestaciones recientes vinculadas al Día Internacional de la Mujer, algunos grupos radicales y fanáticos ideológicos, han dirigido su furia contra iglesias, templos y símbolos cristianos.
En México, Colombia, Chile y otros países, por ejemplo, se han visto escenas que han generado profunda preocupación entre millones de creyentes. Paredes de catedrales cubiertas de grafitis, imágenes religiosas vandalizadas, puertas de iglesias golpeadas o incendiadas, y consignas vulgares que no solo critican instituciones, sino que atacan directamente la fe.
Y no se trata simplemente de una protesta política, porque lo que se observa en muchos de estos actos es algo más profundo, una narrativa que presenta al cristianismo como enemigo cultural. Y en otros escenarios, incluso eventos de orden público, con rituales de santería, brujería y hasta magia negra, que cada vez más, proliferan por doquier.
Y cuando una sociedad comienza a tratar la fe de las personas como algo que debe ser eliminado, deja de tratarse de debate y empieza a parecerse a persecución cultural.
La dimensión espiritual del conflicto cultural
Algunos analistas sociales han señalado que detrás de muchas corrientes ideológicas contemporáneas existe una visión profundamente materialista de la vida. En estas visiones, el ser humano no es entendido como un ser espiritual, sino como un producto de estructuras sociales y económicas.
Esta perspectiva tiene raíces en corrientes ideológicas del siglo XIX que buscaban transformar radicalmente la sociedad. En esos modelos, la religión era considerada un obstáculo que debía desaparecer para que surgiera un nuevo orden social.
Por eso, en diversos momentos de la historia, los regímenes inspirados en estas ideas han perseguido abierta y explícitamente la religión. Basta recordar lo ocurrido en algunos países durante el siglo XX, donde templos fueron cerrados, sacerdotes encarcelados y la práctica religiosa fue restringida. Incluso estos espejos se observan en algunos países en donde dictadores aterrorizan a su pueblo.
La verdadera historia demuestra que cuando una ideología pretende reemplazar completamente la dimensión espiritual del ser humano, inevitablemente entra en conflicto con la fe.
Una nueva forma de intolerancia
Paradójicamente, vivimos en una época que habla constantemente de tolerancia, igualdad y diversidad. Sin embargo, en algunos sectores se observa una contradicción evidente, bastante sesgada.
Se exige respeto para todas las identidades (las de género, las de raza), excepto para quienes profesan una fe.
Creer en Dios, defender la vida, valorar la familia o expresar convicciones religiosas empieza a ser presentado como algo retrógrado o incluso ofensivo. Y poco a poco, la presión cultural intenta empujar la fe hacia el silencio.
Pero para millones de personas, la fe no es una ideología ni un discurso político. Porque la fe es identidad, es verdadera historia y es sentido de vida.
La fe no es un enemigo
El cristianismo, lejos de ser una fuerza destructiva, ha sido una de las fuentes más poderosas de esperanza, de servicio y de amor en la historia humana.
De su raíz brotaron hospitales, universidades, obras de caridad, movimientos de defensa y ayuda a los pobres y grandes tradiciones culturales. Durante siglos, hombres y mujeres de fe han dedicado su vida a servir a los demás.
Reducir esa historia a una caricatura ideológica no solo es injusto, sino que también es una simplificación peligrosa. Porque una sociedad que pierde el respeto por lo sagrado está perdiendo también el respeto por la persona.
Defender la fe no significa atacar a nadie
Es importante decir algo con claridad y en tono firme: defender la fe no significa odiar a quienes piensan distinto.
El cristianismo siempre ha enseñado algo radicalmente diferente, que amar incluso a quienes nos atacan.
Pero amar no significa callar y respetar no significa renunciar a la verdad, porque cuando se ofenden símbolos religiosos, o cuando se ataca una iglesia, no se hiere solo a un edificio o una imagen. Se hiere la identidad espiritual de millones de creyentes.
Una pregunta que cada cristiano debe hacerse
Frente a este escenario “cultural”, los creyentes enfrentan una pregunta profunda.
No solo sobre la defensa de la fe en el ámbito cultural sino también sobre las decisiones que toman en la vida pública. Porque las ideas que gobiernan una sociedad no aparecen de la nada ya que llegan al poder a través de votos, de legislaciones y de decisiones políticas.
Y entonces surge una pregunta incómoda, pero muy necesaria. ¿Seguirá el cristiano auténtico eligiendo líderes, legisladores y gobernantes que promueven ideologías abiertamente contrarias a la fe? ¿Seguirá el cristiano auténtico apoyando proyectos políticos, sociales, culturales y hasta educativos que consideran la religión como algo que debe desaparecer?
Cada creyente tendrá que responder esas preguntas en conciencia. Y más aún si otro “supuesto cristiano” se acerca a hablarle al oído para que avale procesos de ese tipo, hay que prender las alertas ya que probablemente la fe de ese cristiano, no era tan auténtica como se creía.
La fe no se cancela, es mi identidad
A lo largo de la historia, el cristianismo ha sobrevivido a persecuciones mucho más duras que las actuales.
Imperios enteros intentaron erradicarlo e ideologías completas proclamaron su fin. Y sin embargo, la fe siguió viva, porque la fe no depende del poder político ni de la aprobación cultural. La fe nace en el corazón. Y cuando una persona descubre en Dios el sentido de su vida, ninguna presión cultural puede arrancarlo de su alma.
En un mundo que cambia con rapidez, muchos buscan redefinir lo que significa ser humano.
Pero para millones de creyentes hay algo que permanece firme. La fe no es un accesorio y no es una tradición antigua que se pueda abandonar cuando se vuelve incómoda. Es mi identidad, es nuestra historia, es la esperanza.
Y por eso, incluso en medio de las críticas, de las burlas o de los ataques, el creyente sigue afirmando con serenidad, que mi fe no es una moda, que no es una ideología y con firmeza : Mi fe es mi identidad.



