"Si hablaron de Jesucristo..... cómo no van a hablar de uno"

El celibato de Jesús no es un detalle biográfico irrelevante. Es un signo teológico profundo: su vida entera es ofrenda. Jesucristo no necesita de especuladores airados, sino de testigos fieles

IGLESIAFE

2/2/2026

Jesucristo no pertenece al terreno de la especulación ligera ni a la imaginación de turno. Para millones de creyentes en el mundo, su nombre no es solo memoria histórica, sino presencia viva; no es solo maestro moral, sino Hijo eterno de Dios hecho hombre. Por eso, cuando desde cualquier escenario se emiten afirmaciones teológicas improvisadas o conjeturas sobre su vida íntima, no se toca simplemente un tema religioso: se hiere el núcleo mismo de la esperanza de un pueblo creyente.

La reciente declaración de la Conferencia Episcopal de Colombia recuerda algo esencial: en una sociedad plural y democrática, el Estado no está llamado a definir ni reinterpretar el contenido de la fe. La libertad religiosa no solo protege el derecho a creer, sino también el derecho a que las creencias sean tratadas con respeto. Jesucristo, para la Iglesia, no es una figura abierta a teorías sentimentales o especulaciones noveladas. Es el Señor, el Mesías, el Salvador : El todo.

Desde el punto de vista bíblico y teológico, la Iglesia ha sostenido de manera constante que Jesús vivió en total entrega al Reino del Padre. Los evangelios, nuestras fuentes históricas más antiguas y confiables sobre su vida, no registran esposa, descendencia ni vida conyugal. No se trata de un silencio casual: los evangelistas no tuvieron reparo en mencionar vínculos familiares de otros personajes, pero presentan a Jesús completamente dedicado a su misión.

Cristo mismo habla de quienes “se hacen eunucos por el Reino de los cielos” (cf. Mt 19,12), mostrando que la consagración total a Dios es un signo escatológico (símbolo profético), una anticipación del mundo definitivo donde “ni se casan ni se dan en matrimonio” (cf. Mt 22,30). Su vida célibe no es carencia afectiva, sino plenitud de donación. No es negación del amor humano, sino manifestación de un amor universal.

La teología cristiana ve en Jesús al Esposo, pero no de una mujer concreta, sino de la humanidad redimida. San Pablo y el libro del Apocalipsis desarrollan esta imagen nupcial: Cristo ama a la Iglesia como el esposo a su esposa (cf. Ef 5,25-32; Ap 19,7). Su alianza es universal y espiritual. Reducir esa realidad a una relación meramente biológica o romántica es empobrecer el misterio.

María Magdalena, por su parte, ocupa un lugar inmenso en el Evangelio como discípula fiel y primera testigo de la Resurrección (cf. Jn 20,11-18). Precisamente su grandeza está en ese discipulado radical. Convertirla en objeto de teorías sentimentales no la exalta; la disminuye. La tradición cristiana la honra como “apóstol de los apóstoles”, no como consorte oculta.

El celibato de Jesús no es un detalle biográfico irrelevante. Es un signo teológico profundo: su vida entera es ofrenda. Él no se pertenece, se entrega. “Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos” (Jn 15,13). Su amor no se concentra en un hogar, porque quiere abrazar todos los hogares; no se reserva a una persona, porque viene a salvar a todas.

Por eso la Iglesia invita a volver a las fuentes: los evangelios y el Catecismo. Allí Jesús aparece libre de toda apropiación doctrinal humana. No es bandera cultural ni argumento ideario. Es el Santo de Dios. Su nombre reclama reverencia, no experimentación discursiva.

En una convivencia sana, el respeto es recíproco. Los creyentes están llamados a respetar la legitimidad y a trabajar por la paz social. Pero ese mismo orden justo exige que la fe de millones no sea reinterpretada desde ninguna esfera ni sometida a opiniones banales que desdibujan su contenido.

Jesucristo no necesita defensores airados, sino de testigos fieles. Su verdad no se impone por fuerza, pero tampoco se diluye por comentarios pasajeros. Permanece, como roca. Y desde esa firmeza, la respuesta cristiana no es el insulto ni la confrontación estéril, sino la afirmación serena: Él es el Hijo de Dios, el Esposo de la Iglesia, el Señor de la historia.

Leer el Evangelio, contemplar su vida, dejarse encontrar por su mirada: ahí está la auténtica respuesta a cualquier duda o especulación. Porque a Jesús no se le comprende desde teorías, sino desde el encuentro.

Y en ese encuentro, la fe descubre que su corazón indiviso no fue ausencia de amor, sino la forma más alta y universal de amar.

Fuente de la información para el artículo soycatoliyque.com

Si hablaron de Jesucristo..... cómo no van a hablar de uno
Si hablaron de Jesucristo..... cómo no van a hablar de uno

Imagen de Jesucristo, el Hijo de Dios, el Mesías