Una homilía que despierte el alma y no que la duerma
La homilía es uno de los momentos más importantes de la Santa Misa. Es el espacio donde la Palabra de Dios se explica, se actualiza y se convierte en mensaje vivo para el pueblo. Sin embargo, en muchas ocasiones, la homilía se extiende demasiado, se dispersa en múltiples temas y termina dejando a los fieles confundidos o desconectados.
FE
En las parroquias católicas del mundo, la Eucaristía es un encuentro de fe, de escucha y de renovación espiritual. Sin embargo, hay un elemento esencial que en los últimos años ha llamado la atención de fieles y pastores por igual: la duración de la homilía.
Una homilía debe ser una palabra que ilumine el corazón y abra la mente. Debe ayudar a comprender las lecturas y el evangelio del día, conectándolas con la vida real de quienes escuchan. No obstante, en algunos casos se ha observado que, lejos de lograr claridad, la homilía se extiende tanto que se desvía del núcleo del mensaje, divaga, y termina perdiendo fuerza y acogida. En este sentido, la iglesia ya había recomendado en cabeza del Papa Francisco que su duración no debiera ser mayor a los 8 minutos.
¿Por qué una homilía corta es más efectiva?
Una homilía breve y bien articulada tiene varias ventajas:
1. Mantiene la atención de los fieles
La mayoría de las personas escucha mejor cuando el mensaje es directo y al punto. Una homilía extensa, sin un hilo conductor claro, puede llevar al cansancio o a la distracción mental. Una palabra breve, enfocada y profunda puede tocar más fácilmente el corazón.
2. Resalta el mensaje central del día
Las lecturas y el evangelio ofrecen una enseñanza concreta para cada celebración litúrgica. Cuando el sacerdote se detiene demasiado en parámetros personales, anécdotas largas o temas que no se relacionan con las lecturas, el núcleo del mensaje pierde fuerza. Una homilía corta ayuda a subrayar exactamente lo que Dios quiere decirnos hoy.
3. Facilita la aplicación en la vida cotidiana
Una homilía que va al grano posibilita que los oyentes comprendan cómo aplicar el mensaje del evangelio en su vida diaria. Si el discurso es demasiado largo, el mensaje se difumina y se vuelve difícil de recordar.
Cómo hacer que cada homilía tenga impacto
Evitar el riesgo de dispersión
Cuando una homilía dura 40 minutos o incluso una hora, el riesgo es evidente: se pierde el hilo conductor. Muchas veces el sacerdote solo aborda directamente las lecturas hacia el final, dejando a la asamblea sin una conexión clara desde el inicio.
Esto no solo afecta la atención, sino también la experiencia espiritual. La homilía debe iluminar la Palabra proclamada, no reemplazarla con discursos paralelos.
Preparación enfocada
Antes de predicar, es importante revisar las lecturas con detenimiento. Preguntarse:
¿Cuál es el mensaje central de hoy?
¿Cómo puede tocar la vida de quienes escuchan?
Tener claro esto permite estructurar una homilía concisa y significativa.
Comenzar con lo esencial
Presentar desde el inicio la idea principal: “Hoy Dios nos habla sobre…” Esto ayuda a que los oyentes sepan desde el principio cuál será el enfoque de la reflexión.
Evitar digresiones innecesarias
A veces, las anécdotas pueden ilustrar un punto, pero deben ser breves y estar claramente relacionadas con el mensaje. Cuando una historia no contribuye al mensaje principal, se convierte en ruido que desvía la atención.
Terminar con una invitación concreta
Una homilía corta no se extiende en múltiples temas; más bien, concluye con una llamada a la acción: ¿Qué nos pide Dios hoy? ¿Cómo nos invita a vivir lo que hemos escuchado?
Una palabra que deja huella
La homilía no es una conferencia académica ni un sermón literario interminable: es una palabra de vida que debe encender el corazón. La brevedad bien pensada no hace que un mensaje sea más superficial, sino más incisivo, más recordable y más aplicable.
Cuando una homilía logra esto, los fieles se van con una pregunta profunda en su corazón:
“¿Qué estoy llamado a cambiar hoy a partir de lo que Jesús me ha dicho?”
Esa es la fuerza de una homilía corta — una palabra que no aburre, no dispersa, y que deja semillas de fe en quienes escuchan.



