Salmo 16 "Oración de confianza"
Orar es tomar conciencia de que «tengo siempre presente al Señor» (Sal 16,8) y confiar en que «con él a mi derecha no vacilaré» (16,8).


Imagen de los salmos, generada en web
1 Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti.
2 Yo digo al Señor: «Tú eres mi Dios». No hay bien para mí fuera de ti.
3 En los santos que hay en la tierra, varones insignes, pongo toda mi complacencia.
4 Se multiplican las desgracias de quienes van tras dioses extraños; yo no derramaré sus libaciones con mis manos, ni tomaré sus nombres en mis labios.
5 El Señor es el lote de mi heredad y mi copa, mi suerte está en tu mano:
6 me ha tocado un lote hermoso, me encanta mi heredad.
7 Bendeciré al Señor que me aconseja, hasta de noche me instruye internamente.
8 Tengo siempre presente al Señor, con él a mi derecha no vacilaré.
9 Por eso se me alegra el corazón, se gozan mis entrañas, y mi carne descansa esperanzada.
10 Porque no me abandonarás en la región de los muertos ni dejarás a tu fiel ver la corrupción.
11 Me enseñarás el sendero de la vida, me saciarás de gozo en tu presencia, de alegría perpetua a tu derecha.
Salmo 16
Explicación del salmo
La confianza íntima, la alegría entrañable y la esperanza cierta son los sentimientos dominantes de este salmo. Si bien el orante comienza con una súplica («Protégeme, Dios mío»), el resto del texto es un precioso poema de fe en Dios.
Los primeros versículos están corrompidos en el texto hebreo que nos ha llegado a nosotros. A pesar de ello, podemos intuir que el orante parece contraponer el culto a los ídolos («yo no derramaré las libaciones de los dioses extraños»: 16,4) a un culto honesto, fuente de todo bien (16,2).
Dios es el refugio del orante donde se encuentra a salvo, el lote de su heredad, y la copa en la que se echan las suertes. Por eso, nada teme. El salmista multiplica las metáforas para expresar cuán amado se siente de Dios. Todo su cuerpo se estremece de alegría («se alegre el corazón, se gozan mis entrañas, mi carne descansa esperanzada»: 16,9).
La confianza ilimitada del orante no solo le hace vivir tranquilo en el presente,
sino que también le hace contemplar con esperanza el futuro: ni siquiera la tumba podrá con él, ya que Dios «no dejará a su fiel ver la corrupción» (16,10); antes bien, le enseñará «el sendero de la vida» y lo saciará «de alegría perpetua a su derecha» (16,11).
El orante ha contado su honda experiencia de Dios. Lo siente con él y en favor de él. Por eso escribe el salmo, para que sirva de estímulo a otros, como tú.
Oración final
Dios, Padre nuestro, tú eres nuestro refugio, nuestro sumo bien, y la heredad que nos encanta.
Fortalece nuestra fe para que caminemos por el sendero de la vida; y acrecienta nuestra esperanza para que en el último día
podamos saciarnos de alegría perpetua a tu derecha.
Amén

